Las mil y una páginas de Paul Auster sobre Stephen Crane

El autor de “Leviatán” aborda vida y obra del primer modernista estadounidense presentándose como un “viejo escritor sobrecogido por el genio de un autor joven”, declaración que delata las fortalezas y las debilidades de su trabajo.

El nuevo libro de Paul Auster (Newark, New Jersey, 1947) es La llama inmortal de Stephen Crane y supera las mil páginas. La ficha de catalogación lo caracteriza como “narrativa estadounidense”. El texto de contratapa habla de “biografía”. Pero junto al nombre de la editorial, se advierte la palabra “ensayo”.

Es inevitable preguntarnos qué estamos por leer: cada género tiene su pacto de lectura específico y aquí estaríamos frente a tres alternativas bien distintas.

Ante la duda, el nombre del autor es un punto a favor: el más elemental prejuicio haría que ante un escritor desconocido renunciáramos a leer mil páginas. Es igualmente probable que hasta los editores descartasen un volumen semejante de un autor ignoto.

Pero cuando el autor es un súper ventas internacional, la ecuación se invierte: aunque el libro tenga sus defectos, cualquier editor querrá contratarlo; y muchos lectores lo comprarán, aunque nunca terminen de leerlo.

Entonces, estamos frente a un Auster, autor de La trilogía de Nueva YorkLeviatán o de películas como Cigarros… Pero en esos casos sabíamos que se trataba de ficciones, su especialidad. ¿Este libro qué es? Es más, ¿el nombre de Stephen Crane nos dice algo? Porque si se trata de una biografía, mínimamente debiera interesarnos el biografiado.

Tras la Guerra de Secesión (1861-1865), cuando el esquema liberal, industrialista y capitalista del norte se impuso al modelo agrario, feudal y aristocrático del sur, no solo cambió la economía y la sociedad de Estados Unidos, sino también el clima intelectual. El romanticismo idealista de Ralph EmersonHenry Thoreau y Walt Whitman dio paso al realismo y al naturalismo, tendencias en las cuales diversos críticos han destacado la importancia de Stephen Crane.

Crane nació en 1871, y practicando el periodismo aprendió a escribir. Su primera novela fue Maggie, una chica de la calle (1893), para muchos la ficción que inaugura el naturalismo en Estados Unidos, aunque fue un fracaso de público y de crítica. La segunda, El rojo emblema del valor (1895), un éxito rotundo, abordaba desde una perspectiva realista el drama de la guerra civil a través de las vivencias de un joven soldado.

Pero poco después, disgustado con la sociedad estadounidense, optó por un exilio voluntario en Inglaterra y murió a mediados de 1900, en Alemania, enfermo de tuberculosis. Tenía 28 años. Sin embargo, una edición universitaria de sus obras completas abarca 10 tomos.

¿Qué hará Auster con él? ¿Por qué le importará? ¿Será un libro apto para todo público o un texto de nicho?

EL PRIMER MODERNISTA

Auster responde gran parte de nuestras preguntas iniciales en el lugar menos indicado: en los agradecimientos, que están al final del libro. Allí nos dice que, como su texto “pretende servir de introducción a la vida y obra” de Crane, lo escribió pensando en quienes “lo conocen poco o nada” y renunciando tanto al “enfoque académico” como al método de “la crítica literaria tradicional” porque su propósito “era comunicar algo sobre la experiencia de leer a Crane”.

Para entonces, si nos mantuvimos firmes en la lectura y llegamos hasta ese punto, ya sabemos que el libro resultó ser una biografía que tiene algunos pequeños tramos de carácter ensayístico. Por cierto, cuando se aproxima al ensayo muestra sus mejores páginas y cuando se interna en los vericuetos biográficos es muy difícil sostener el entusiasmo.

En concreto, el primer capítulo, de unas 65 páginas, organizado en 10 ensayos temáticos que presentan a Crane desde distintas perspectivas, incluso algunas meramente anecdóticas, es excelente. Por desgracia, ese registro apenas vuelve a aparecer en el resto del libro; por ejemplo, en el cuadro que gira alrededor de la amistad de Crane con Joseph Conrad y el que da cuenta del vínculo que unió a Crane y Conrad con otros dos escritores, Henry James y Ford Madox Ford. En total, serán unas 100 páginas.

Crane vale las 900 páginas restantes, y muchas más también, y Auster tiene capacidad para comunicar ese valor desde el final de la primera página: fue “el primer modernista norteamericano, el principal responsable de cambiar el modo en que vemos el mundo a través de la lente de la palabra escrita”.

Eso significa, por caso, que se anticipó al montaje cinematográfico con un estilo cinemático que eslabonaba oraciones con una cadencia plástica muy singular; o que se atrevió a explorar la conciencia de sus personajes antes de que se sentaran las bases de la técnica del monólogo interior; o que se metió con temas de los bajos fondos y la corrupción policial y política unos 30 años antes de que naciera la novela negra; o que escribió relatos humorísticos alegóricos y sarcásticos en línea con la poética del absurdo que marcaría una tendencia teatral recién a partir de la década de 1940; o que se inmiscuyó en sus relatos periodísticos como lo postularía el “nuevo periodismo” pasada la primera mitad del siglo 20 y hasta escribió un memorable antecedente de la no ficción unos 70 años antes de que Truman Capote estrenara esa etiqueta. E hizo todo eso, no olvidarlo, entre los 20 y los 28 años.

A ese gran escritor, Auster lo leyó en la escuela a sus 15 años, porque formaba parte de los programas de estudio. En cambio, la hija treintañera de Auster no tuvo esa suerte: Crane ya no forma parte del “canon escolar” estadounidense, según la encuesta informal que Auster hizo entre los amigos de su hija.

Tampoco integra el lote de autores del pasado que pueden mencionar los “conocidos del ámbito literario” de Auster, sean anglohablantes o no, sean estadounidenses o no. Ante semejante déficit cultural, que es toda una injusticia, Auster se propuso escribir este libro en el que se nos presenta como un “viejo escritor sobrecogido por el genio de un autor joven”.

UN LECTOR EN PROBLEMAS

Los problemas de Auster con el género biográfico son evidentes. Al dejar de lado el enfoque académico y el método tradicional de la crítica literaria, se niega a admitir diques que limiten la extensión del texto y a buscar ejes temáticos que orienten su escritura. Esa doble falta autoriza las citas extensas (en incontables ocasiones, de dos páginas) y favorece la dispersión, al punto que a veces no puede asociar las claves y producir una síntesis crítica.

Ahí está su fallido abordaje de lo que podría constituir el “pequeño credo artístico” de Crane, esbozado a sus 22 años, a propósito de una investigación periodística alrededor de las vivencias de las clases bajas: “Cuanto más nos acercamos a la naturaleza y a la verdad es cuando más éxito alcanzamos en el arte”, escribió.

Auster reflexiona de inmediato: “Parecería que, para contar la verdad, Crane abogaba por la primacía de la experiencia personal vivida frente a las facultades de la imaginación. Quizá lo creyera por entonces –y corriera riesgos por ello–, pero llevar ese argumento a su conclusión lógica supondría no considerar novelas y relatos y reduciría la ficción a una forma de autobiografía”.

Pero tarda cinco páginas en agregar que “toda la experiencia del mundo no sirve de nada a un escritor a menos que escriba bien”. Y 140 páginas más adelante nos dice que, incluso cuando escribía periodismo, “Crane era por encima de todo un autor de ficción y en sus mejores narraciones (ahí es donde empieza lo extraño), las descripciones de escenas imaginarias poseen toda la fuerza de la experiencia vivida”.

Ahora bien, nunca puede aplicar estas nociones a un dato central del proceso de escritura de El rojo emblema del valor: Crane leyó meticulosamente una serie periodística publicada en una revista a lo largo de tres años con testimonios de la guerra civil y concluyó que los veteranos relataban “lo que hicieron” y silenciaban sus sentimientos. Eso fue lo que hizo en su novela, imaginar las emociones de los soldados.

A propósito de esta novela, justamente, Auster confiesa su incapacidad de aislar lo esencial del texto: “Mientras me preparaba para escribir este capítulo, volví a coger la novela y empecé a leerla por enésima vez, resuelto a tomar nota de todo lo que considerase esencial en cada párrafo. Después de cuatro capítulos había llenado 26 páginas con mi letra menuda y enmarañada y comprendí que si seguía con el ejercicio a lo largo de los 24 capítulos del libro, mis notas serían tan largas, si no más, que la novela de Crane. En vez de seguir escarbando en esa madriguera, dejé el cuaderno y seguí leyendo con un lápiz azul, subrayando las frases que me parecían importantes. Cuando llegué al final, casi un 30 por ciento de las frases estaban subrayadas”.

Ahora, claro, quién le dice al señor Auster, con estos argumentos, que lo más aconsejable es que reescriba su libro amparándose en la forma ensayística, para fortificar su cohesión y su coherencia, tarea en la que debiera reducirlo considerablemente.